Posted on Dec 5th, 2006
by
Paco
PERVIVENCIA Y PERTINENCIA DE LA EXPERIENCIA MÍSTICA EN EL COMIENZO DEL S. XXI
Soy un ser humano escribiendo frente a un teclado de ordenador. Soy las palabras que escribo. Mi mente está ahora dedicada a esta labor. Mis manos y mis ojos son herramientas para este propósito. Este instante es tan único como todos los demás. Estoy situado en un punto del espacio y del tiempo que procede de algo externo a mí mismo y al mismo tiempo soy el generador de ese espacio y de ese tiempo, ya que soy inseparable de ellos. Mi percepción de estas coordenadas es habitualmente inconsciente, ya que comprendo su presencia como rutinaria. Suelo sentirlas como externas, como ajenas a mi presencia, como absolutamente independientes de mí. Y sin embargo yo soy quien las produce. (Puedo decir basándome en mi propia experiencia que siempre he existido.) Espacio y tiempo son inseparables de mí. El espacio exterior equivale por lo tanto a mi espacio interior. Lo que está fuera también está dentro. En realidad no hay dentro y fuera. La ciencia dice que en cada segundo mi cuerpo es atravesado por cientos de millones de neutrinos que van y vienen por todo el universo. Forman parte de mí y de todo. Yo formo parte del todo y el todo está en mí. El todo me necesita para ser. Cada instante es igual al anterior. De hecho sólo hay un instante, no una sucesión de ellos. Sólo hay presente, y pasado y futuro son producidos por facultades de la mente que debemos aprender a utilizar sin identificarnos con sus mensajes. Esto quiere decir que rencor, remordimiento y preocupación son, entre otras, emociones superfluas y dañinas que generalmente sólo contribuyen a la aparición de un malestar innecesario en mí y por lo tanto en el todo. Pero la mayoría de los seres humanos vivimos dominados por estas emociones, atormentados por ellas, abrumados por una percepción lineal del tiempo que nos conduce a una muerte cierta que arroja una sombra terrible y perpetua sobre todos nuestros momentos, salvo esos raros en los que adivinamos que este aparente sinsentido no es posible. Nuestro “último momento” condiciona pues, y enturbia, todos los actos precedentes. Y ello sucede porque no percibimos nuestra existencia en la eternidad, tal y como acontece en verdad. Paradójicamente este temor a la muerte que oscurece nuestras ideas y por lo tanto nuestras acciones nos empuja a una actitud egoísta, centrada en la satisfacción de la propia persona, que genera violencia y abuso, en el peor de los casos, sobre los otros humanos con los que compartimos nuestra experiencia en esta vida. En definitiva, este mundo, el mundo de los hombres, se convierte en un manicomio lleno de gente que busca satisfacer sus deseos ciegamente, sin detenerse a considerar que si esa satisfacción se produce a costa de la belleza del todo, de lo exterior a mí que también soy yo, la plena felicidad se frustra por los medios empleados para conseguirla.
Nada sabía sobre nada al nacer, o al menos nada recuerdo de saber algo. Lo que he aprendido sobre este mundo lo he aprendido por mi propia experiencia que ha sido desde el primer momento condicionada y a veces manipulada por la sociedad en la que he crecido. La forma en la interpreto la realidad me ha sido dada. Si hubiese nacido en otro momento de la Historia dispondría de otras claves, de otros símbolos, que definirían lo que en esa época determinada significara el hecho de ser humano. Ahora bien, ese paradigma puede ser cuestionado y de hecho lo es y en eso consiste el proceso histórico. Hay individuos, o grupos de individuos, que conciben otras formas de entender la realidad y que influyen a otras mentalidades y dan lugar así a nuevas maneras de organización social. Pero hasta el momento no ha llegado el ser humano a encontrar una manera de organizarse que tenga el beneplácito de todos. Y ello porque todas las propuestas se han hecho desde la ignorancia de lo que es la verdad de la existencia del hombre y su propósito en este universo. Todas las propuestas se hacen desde la confusión y desde la influencia de otras ideas igualmente parciales. Y sin embargo uno diría que existe una tendencia en el proceso histórico hacia la consecución de una síntesis en la que las ideas más convincentes, podríamos decir, las que más atractivas han resultado al conjunto de los seres que habitan el planeta, dará lugar al descubrimiento del misterio que el ser humano encierra en si mismo. Es como si ese punto de síntesis que representaría la culminación del proceso histórico, la justificación de todos los hechos que han afectado a los humanos en estos pocos milenios desde la aparición de ese acontecimiento de acontecimientos que llamamos Historia, estuviese llamándonos desde algún punto en el futuro y arrastrándonos hacia sí como un imán irresistible. Debo confesar que esta idea ha sido brillantemente expuesta por pensadores bastante menospreciados por la ciencia ortodoxa como Teilhard de Chardin y Terence McKenna, a quienes cito porque esa misma idea ha sido intuida por mí mismo desde hace muchos años.
Pero decía antes que toda nuestra interpretación de la realidad es desde nuestro nacimiento permanentemente condicionada, unas veces conscientemente y otras sin querer. Y como individuos sabemos que algo en nosotros se rebela y permanece insatisfecho, algo que queda oculto bajo ese condicionamiento. La mayor parte de los humanos pasa su vida víctima de esa insatisfacción de origen y causa desconocidos, sin importar la clase social o medios económicos de que disponga. ¿Es preciso que mencione cuantos eruditos, artistas admirados y envidiados y capitalistas multimillonarios han acabado sus días por su propia voluntad? Sin llegar a extremos tan dramáticos ¿quién no conoce a alguien que, a pesar de ocupar un puesto de altísimo prestigio social por el cual seguramente ha luchado duramente durante toda su vida, trata con desprecio a sus subordinados?. La pregunta es: ¿qué ha aprendido esta persona a lo largo de su experiencia vital? Se ha convertido en una importante pieza de un complejo mecanismo social, pero ¿es posible que una persona que vive malhumorada sea feliz? ¿Es ese el éxito que se nos propone como meta a conseguir en la vida? Me atrevo a intuir que esa persona temible en el fondo está frustrada porque todo aquello que le fue propuesto como objetivo asociado a la consecución de la felicidad en este mundo ha resultado ser un enorme fraude. Posee todo aquello que se supone hay que poseer para ser feliz, pero en realidad le falta lo primordial. Ello es el dominio de sí mismo, la propia consciencia de su ser. Ha vivido su vida, como todos, sumido en un vaivén de expectativas, de ideas de credibilidad siempre dudosa, creaciones del mundo humano que son cáscaras vacías si no se tiene conocimiento de la auténtica naturaleza de la propia existencia.
Alcanzar a conocer lo que es cierto es el objetivo de la búsqueda del místico. A lo largo de la Historia ha habido individuos excepcionales que han sabido desentenderse de los condicionamientos y percibir la realidad a su alrededor a través de su propia individualidad. Los fundadores de las grandes religiones proponen vías similares para llegar al mismo fin. Se trata de renunciar a todo lo que no sea el valor del propio individuo para afrontar la experiencia vital. En la India especialmente han surgido concepciones de hondísimo alcance, que tratan aspectos desde lo psicológico a lo metafísico, pasando por la práctica de la salud del cuerpo. Se dice que el empleo del sánscrito como lengua estructuradora del pensamiento favoreció la aprehensión del fondo de lo humano más allá de las apariencias. Y sin embargo culturas distantes, ajenas a la influencia procedente de la India, llegaron a conclusiones parecidas, como es el caso del chamanismo de los indios del continente americano.
¿Y cuales son las conclusiones que se extraen de la experiencia de lo que hay más allá de lo que creemos que es la realidad? Antes de hablar sobre ello me gustaría exponer la lógica del camino que nos conduce a esa experiencia. Ha habido maestros en el siglo XX que han actualizado la exposición de esa vía de autodescubrimiento de forma que resulta más asequible al hombre contemporáneo. Uno de los más influyentes y respetados ha sido el indio Jiddu Krishnamurti (1895-1986). Ël, como el resto de los maestros de los que el autor de este trabajo tiene noticia, insisten en un punto fundamental: la superación de la mente como aquello que el individuo cree ser. Debido a la capacidad de penetración en los mecanismos de la consciencia humana que antes hemos dicho que se desarrolló en la India, hace mucho que sus sabios detectaron el problema que afecta al ser humano: la identificación con la mente del ser del propio individuo. Según esto, los humanos hemos vivido poseídos por nuestra mente, dominados por ella. Y la mente no es nada. Es una herramienta fabulosa, admirable y maravillosa, pero sólo una herramienta. No tiene entidad por sí misma. El problema surge cuando el individuo se deja arrastrar por el flujo de pensamientos ininterrumpido, caótico y sujeto a toda suerte de altibajos causados por diferentes estímulos externos o internos, siempre cambiantes, que caracterizan el proceso mental. El ser humano vive atrapado en ese ir y venir de la mente que no conduce a ninguna parte, porque no es nada. Es como una hoja movida por el viento. Y el hombre que no es dueño de su mente sufre inquietud, inseguridad, temores constantes, porque la mente dice que todo es peligroso, porque no está preparada para lo imprevisto y lo imprevisto es lo que va a suceder. Paradójicamente, sólo el hombre que renuncia a la seguridad encuentra la seguridad en la consciencia de que cualquier cosa puede suceder.
Así pues, el hombre que se desidentifica de su mente se hace dueño de ella y llega a ser el dueño de sí mismo. ¿Y cómo se produce la desidentificación con la propia mente? Por medio de la atención. El individuo debe desarrollar una actitud atenta en todas las situaciones de su vida. Atenta al entorno, con la máxima objetividad, sin caer en la emisión de juicios provenientes de posiciones ideológicas preestablecidas. En definitiva, para captar la realidad tal y como es, el individuo debe convertirse en testigo y observador imparcial de cuanto le rodea. Esa misma atención al momento presente evita la insatisfacción causada por la mente cuando nos distrae de “lo que es” llevándonos al pasado o al futuro. Como decíamos antes, tanto el remordimiento y la añoranza relacionados con el pasado, como la perspectiva de un futuro incierto, o la esperanza de un probable futuro mejor, impiden la realización de la propia plenitud en el momento presente, el único real. No se niega el valor y la necesidad de la memoria para comprender nuestra circunstancia, ni los de la imaginación para proyectar las circunstancias en que queremos que se desarrolle el futuro. Cuando se dice que el pasado y el futuro no deben interferir en nuestra interacción con el momento presente no se habla del pasado y el futuro como entidades históricas, sino del hábito mental de referirse continuamente a ellos alejándonos del presente e impidiéndonos ser conscientes de lo que nos rodea en un determinado momento. De lo que se trata en suma es, ni más ni menos, que de conseguir el pleno ejercicio de la consciencia, no permitiendo que sean ideas u objetivos espurios los que guíen nuestras acciones. La misma atención objetiva con la que observamos nuestro entorno debe emplearse para contemplar nuestros propios pensamientos. En ese momento ya no somos la mente, sino la consciencia que existe más allá de ella. Desde esa consciencia clara y limpia de condicionamientos descubrimos nuestra relación con el universo inmenso que existe más allá de los abrumadores problemas que los hombres nos creamos a nosotros mismos.
Y sucede el mayor de los milagros posibles: al trascender la visión propia de un pequeño ser aislado y aterrado en un cosmos amenazante lleno de peligros aparece la consciencia de un ser tan grande como todo el universo y más aún, que habita en la eternidad, que ni nace ni muere, que percibe su propia magnificencia con los privilegiados sentidos de un animal maravilloso que ni es él ni deja de serlo. Y el gozo que se siente al ver esa minúscula fracción de la verdad es más que suficiente para sentirse abrazado por el sentimiento de gratitud más sincero y por un amor que son todas las estrellas del firmamento jugando alegres en el corazón infinito de ese pequeño ser que habita un pequeño planeta en un sistema secundario de un área periférica de una galaxia entre miles de millones. Y ambos sentimientos pertenecen al mismo ser, que es uno y somos muchos.
Esta experiencia está al alcance de cualquier ser humano, porque todos somos lo mismo. No hay que retirarse a un monasterio en Tibet, o a los bosques, o a una cueva. Por más que resulte inexplicable e increíble todo está en su sitio y cada uno de nosotros está donde debe para encontrar lo que necesita en su camino hacia sí mismo. Quien tiene mucho debe entender que en la acumulación no está lo que busca. El que tiene poco o nada nos recuerda que se necesita lo básico para descubrir que lo primordial está dentro de sí. Pero los místicos extraen de la experiencia una sensación definitiva: la lección que hay que aprender es la del amor. Esa es la clave del secreto de este universo, la llave que abre la puerta de lo maravilloso y lo infinito.
A la luz de la Revelación se contempla la Historia como el proceso en pos de la unidad de todos los seres humanos en la comprensión de su pertenencia a un todo que es la suma de todas sus consciencias (e infinitas cosas más que esperan que demos ese paso decisivo para ser descubiertas). Porque la aventura del ser humano es inacabable si tenemos la cordura y la sensatez que la empresa merece. Opino que la lucha contra la guerra y contra la miseria que se libra en nuestros días es la expresión de una sensibilidad creciente que rechaza con naturalidad situaciones que han dejado de ser aceptables.
Creo que en las últimas líneas se han sugerido las consecuencias de la experiencia mística: si todos somos uno y lo mismo no tienen sentido el enfrentamiento ni el conflicto, y la solidaridad surge espontáneamente de cada individuo. El valor de la experiencia es que aquello que en principio es sólo una idea percibida con la mente y que es susceptible de refutación o cuestionamiento se convierte en una obviedad tan incontestable como la alternancia entre la noche y el día. La dialéctica histórica carece de sentido a partir del momento en que se capta la verdad a través de la propia consciencia. El nacionalismo, el racismo y el dogmatismo religioso pasan a ser conceptos obsoletos. Además esa consciencia implica la superación del miedo irracional y primitivo a la muerte, puesto que la eternidad es uno de los atributos de dicha consciencia.
La cuestión ahora es si esa experiencia está realmente al alcance de todos y si es posible que esté próxima a generalizarse. El autor de este trabajo intuye que podría ser así, ya que al fin y al cabo el hecho de que él mismo proponga esta posibilidad es una prueba de que a lo largo de su experiencia ha encontrado en los medios a su alcance las sugerencias que le han llevado a estas conclusiones. Si se me permite que emplee la primera persona afirmaré lo siguiente: si no he utilizado referencias bibliográficas ha sido porque en un trabajo de estas características habrían interrumpido la exposición fluida de los conceptos, y fundamentalmente porque la “bibliografía” en la que se basa lo expuesto es todo lo que he visto oído, leído, sentido, olido y razonado a lo largo de mi vida. Inclúyanse aquí decenas de atardeceres y amaneceres indescriptibles, los conceptos musicales de Angus Young, una rosa blanca en mi portal, “La historia interminable” de Michael Ende, la demencia del nazismo, Rupert Sheldrake, una aventura gráfica para ordenador llamada Syberia, algunas cosas de fumar, lo que imagino que nos cuentan los delfines, la serie “Raíces”, algunas charlas dignas de mejor recuerdo con los amiguetes en la plaza del Dos de Mayo o en la ribera de un río alrededor de una hoguera, “2001 una odisea del espacio”, el humor de los Hermanos Marx, la física cuántica, Michael Landon, el jazz, la teoría de la morfogénesis, un fuera de juego mal pitado...
Por todo lo que decía al comienzo de este escrito sobre los condicionamientos que modelan nuestra mente, afirmo que lo que siento y pienso es fruto de mi tiempo y que mis conclusiones no son raras o ajenas a lo que sienten y piensan cientos de miles de individuos a lo largo y ancho del planeta que están efectuando la rebelión más tranquila y silenciosa y por lo tanto inasequible de la Historia. Tengo la ilusión de ver un mundo en paz y sin miseria desde que tengo uso de razón y nadie podrá convencerme de que lo que veo no es el producto de lo que entre todos queremos ver. Por eso acepto feliz mi pertenencia a la masa. Me he nutrido culturalmente con el alimento de la masa y eso da un peso estadístico considerable a mi visión de la realidad, que ha surgido por la exposición a estímulos muy parecidos a los de millones de compañeros de generación. Nadie me ha hecho nunca una encuesta sociológica, pero tengo la sensación de que sus conclusiones dependen de la calidad de las cuestiones. Al fin y al cabo la mecánica cuántica demuestra que la predisposición del experimentador influye en el resultado del experimento. Si, por ejemplo, un sociólogo tiene la intención de demostrar que cientos de miles de individuos de mi generación pasan sus días atontados por los videojuegos es tan fácil como decirlo. Si los sociólogos insisten en buscar gente materialista y conformista no tendrán que andar mucho para encontrarla. Pero si se pregunta qué es lo que más feliz haría a un individuo en nuestros días y se le ofrece la posibilidad de concebir cualquier cosa ¿cuántos reconocerían su esperanza en la paz del mundo, o en la erradicación de la miseria?
Quizá soy excesivamente optimista. Personalmente es inevitable serlo, porque sé que de mi visión de la realidad depende la realidad. Sin embargo ha llegado el momento de decir que llevo años hablando de todo esto con mis congéneres y hay muchos de ellos que sienten la frustración de vivir en un mundo que no entienden. Todos estaríamos de acuerdo en que las cosas deberían ser mucho mejores de lo que son. Quizás esa consciencia esté trabajando a niveles no constatables estadísticamente o en los medios de comunicación. Aunque para los ojos atentos hay mensajes en el mundo publicitario que revelan intuiciones sorprendentes, por ejemplo, el que en estos días puede verse en el metropolitano madrileño en el que se invita a los pasajeros a respetar la salida de los que desalojan el vagón con una fotografía del mismo tipo como si fueran varios entrando y saliendo. No necesito explicar su relación con lo que se ha dicho. Se objetará que es una coincidencia involuntaria, pero el mensaje subliminal permanece lo mismo. Y por otro lado la idea procede de la parte creativa del ser humano, de uno de los pocos puntos de nuestra mente que resulta incontrolable o al menos imprevisible. Tampoco es casual el hecho de que la tecnología actual permita ese tipo de composición. Todo está al servicio del despertar de la consciencia, aunque paradójicamente seamos inconscientes de ello.
Innumerables factores están operando para la llegada de un cambio de paradigma. Es el más sutil y exquisito de los cambios y, cuando culmine el proceso, se oirá una risa universal que será la bendita expresión de alivio y de satisfacción de una pequeña especie heroica en un pequeño planeta que ha superado cinco milenios difíciles llamados Historia.
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